UBE MIRAFLORES
Información sobre este vino:
UBE Miraflores es un vino blanco de la bodega Cota 45, un ejercicio de precisión y de sensibilidad casi litúrgica en el corazón de Sanlúcar de Barrameda. Su personalidad se asienta sobre la clasificación de envejecimiento de un vino de crianza media, con una crianza breve pero decisiva que le aporta profundidad sin despojarlo de su nervio. Es un blanco que no busca el volumen fácil ni el perfume obvio; prefiere la elegancia salina, la tensión y una expresión del terruño que parece dibujada con tiza fina sobre la brisa atlántica.
En copa, UBE Miraflores se presenta con la sobriedad luminosa de los vinos que conocen bien su origen. La bodega Cota 45 trabaja aquí la variedad Palomino con una lectura casi arqueológica del paisaje, y el resultado es un vino blanco con alma de paisaje y pulso de costero refinamiento. Tiene algo de albero mojado, de piedra caliente al atardecer y de sal que queda suspendida en el aire; una combinación que le otorga una rara y muy apreciada distinción.
Su estilo es sobrio y a la vez sugestivo, con una gastronomía natural que invita a la mesa sin estridencias. No pretende deslumbrar por exuberancia, sino por matiz, por esa capacidad de ir desplegándose como un abanico de seda: primero la fruta blanca, luego las notas florales, después la levadura discreta y, al fondo, una huella marítima que alarga la impresión como un eco elegante.
Es un vino que habla con acento de pago, de suelo y de paciencia. La albariza le presta su firmeza calcárea, su capacidad de retener la humedad y esa textura casi mineral que convierte cada sorbo en una pequeña lección de geografía líquida. UBE Miraflores no es un blanco de simple compañía: es de esos vinos que elevan la conversación y afinan el paladar con una autoridad tranquila, casi aristocrática.
Procede de parcelas del Pago de Miraflores, entre Miraflores Alta y Miraflores Baja, sobre suelos de albariza que aportan frescura, sapidez y esa impronta calcárea tan propia del Marco de Jerez.Las distintas expresiones del terreno —lentejuelas, lustrillos y tosca cerrada— imprimen matices de salinidad, tensión y cierta untuosidad, como si el paisaje hablara con distintas voces de una misma música.